confesión de fe


20- LA COMUNIÓN O CENA DEL SEÑOR II


104. SIGNIFICADO DE LA CENA DEL SEÑOR

La Cena del Señor consiste en una comunión de amor y fe, en la cual Jesús se entrega a nosotros mediante una unión sacramental, y nosotros, en respuesta, nos damos a ÉL. 

Constituye una comunión con Alguien mediante la participación en algo. Al respecto, el apóstol Pablo, en 1 Corintios 10:16, emplea el vocablo griego “κοινωνία” (koinonía), el cual denota una participación comprometida y sacrificada entre dos partes.


Jesucristo verdaderamente se nos da en su cuerpo y sangre, y la Iglesia responde con acción de gracias, “sacrificio de alabanza" (Hebreos 13:15) y clamor, y “presentando nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es nuestro culto racional” (Romanos 12:1).

A semejanza del lavamiento de pies (Juan 13:2-17), en esta Cena el Señor se nos da; y, en respuesta, nosotros nos damos, escuchando el "para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis" (Juan 13:15).


De este modo, vivimos “hasta que ÉL venga” (1 Corintios 11:26) anticipadamente una porción de lo que Apocalipsis 19:7-9 llama “la Cena de las bodas del Cordero”, donde el Señor beberá vino nuevo con nosotros (Mateo 26:29; Marcos 14:25). Ahí, como dijo Jesús, cuando "el reino de Dios venga" (Lucas 22:18) la Cena del Señor encontrará su pleno cumplimiento (Lucas 22:16), y comeremos y beberemos a su mesa en su reino (Lucas 22:30).


Durante la institución de la Comunión, Jesús declaró que no comería más esta cena “hasta que se cumpla en el reino de Dios” (Lucas 22:16). El término griego "πληρωθῇ” (pleroté), traducido acá en la RV60 como “cumpla”, denota la consumación y plenitud de un evento. Por consiguiente, el Señor nos dejó ver que esta celebración, señala, prepara para, y da ahora anticipos de, lo que será el triunfo futuro. Es decir, en este “paralelismo entre la Cena del Señor y su último cumplimiento” (Darrell Bock - “Luke”), todo lo que viviremos de forma consumada define todo lo que nos es anticipado en parte cuando participamos de la Comunión.

Toda Santa Cena de la Iglesia en la Tierra es un anticipo de la “Cena de las bodas del Cordero” (Apocalipsis 19:9).


105. “EN MEMORIA”

El mandato de Cristo: “haced esto en MEMORIA de mí”, debe comprenderse a la luz del concepto de “memorial” en el antiguo Israel. Las Escrituras del Antiguo Testamento apelan frecuentemente a la memoria divina. Tanto un hacerle recordar, como que Dios se acuerda de algo, o que Dios dice que le hagan recordar.


Así, Dios revela a Moisés en el monte Sinaí su carácter misericordioso, tardo para la ira, que perdona la iniquidad (Éxodo 34:6,7). Cuando Israel se rebela y Dios declara que destruirá a esa generación, Moisés intercede repitiendo la revelación exacta que Él le había dado en el Sinaí (Números 14:17,18). Moisés presenta entre Dios y su pueblo un memorial de su carácter misericordioso.

De igual manera, Israel, oprimido por sus enemigos, clama en el Salmo 74: “Acuérdate de esto: que el enemigo ha afrentado a Jehová... mira al Pacto” (Salmo 74:18-20). En el Salmo 105:8, el salmista declara: “Se acordó para siempre de su pacto”. El Salmo 106:45 dice de Dios: “Y se acordaba de su pacto con ellos”, y el Salmo 111:5: “Para siempre se acordará de su pacto”. Dios le dice a su pueblo en Isaías 43:26: "Hazme recordar". El salmista en el Salmo 119:49 le suplica: "Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, en la cual me has hecho esperar". Isaías le dice a Dios: "No te enojes sobremanera, Jehová, ni tengas perpetua memoria de la iniquidad; he aquí, mira ahora, pueblo tuyo somos todos nosotros" (Isaías 64:9). Jeremías intercede por su pueblo: "Por amor de tu nombre no nos deseches, ni deshonres tu glorioso trono; acuérdate, no invalides tu pacto con nosotros" (Jeremías 14:21).


Estas expresiones no sugieren en modo alguno una imperfección en la omnisciencia divina; antes bien, constituyen actos solemnes de mediación, donde se presenta ante Dios su propio carácter, sus promesas o las estipulaciones de su pacto.


Los discípulos, como judíos inmersos en las Escrituras, comprendieron plenamente el trasfondo pactual de las palabras “Haced esto en memoria de mí”. Por consiguiente, a partir de la muerte y resurrección de Jesús, en la era de la Iglesia, la asamblea creyente repite la institución del Señor y clama a Dios, presentando como memorial el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este acto sitúa al evangelio de forma visible y tangible en el centro de la reunión, ejercitando la fe en la obra redentora y avivando la esperanza de su segunda venida.


Por tanto, el “hacer memoria” (anámnesis) constituye una participación visible de nuestra unión con Cristo, instituida por Él mismo, operando como un medio de gracia inagotable. A través de este acto, se comunican a los creyentes todas “las inescrutables riquezas de Cristo” (Efesios 3:8).


Esto encuentra un paralelo tipológico en los sacrificios del antiguo Israel. Aunque el sacrificio carecía de valor apartado del pacto, su presentación constituía un acto fundamentado en el memorial pactual. El sacerdote, al presentar el animal, apelaba a las promesas y términos del pacto de Dios. Posteriormente, se participaba de la comida de ese Shabat haciendo memoria del sacrificio, apropiándose los adoradores de los beneficios obtenidos mediante el mismo. Por esto 1 Corintios 10:18 dice: 

“Mirad a Israel según la carne; los que comen de los sacrificios, ¿no son partícipes del altar?”.


Este mismo principio de comunión sacrificial era comprendido en el contexto cultural pagano (1 Corintios 10:25-28). 1 Corintios 10:20,21 declara: 

“20 Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. 

21 No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios”.


El apóstol advierte que, al comer de lo sacrificado, los gentiles entraban en comunión espiritual con los demonios. Por ello, exhorta a los cristianos a apartarse de tales prácticas para participar exclusivamente de la Comunión, donde nos hacemos verdaderamente partícipes del Señor. En la Comunión, la congregación proclama el evangelio y, simultáneamente, se hace una con lo proclamado, aplicándose a los creyentes los beneficios de la obra redentora. Debido a todo esto, Ignacio, pastor de Antioquía y discípulo directo de Juan, escribió en el año 110 d.C.: "partiendo un mismo pan que es medicina de inmortalidad, antídoto para no morir, y alimento para vivir en Jesucristo por siempre" ("Carta a los Efesios". XX,2).


En consecuencia, la eficacia sacramental de la Santa Cena no reside en ninguna virtud mágica de las palabras pronunciadas, ni en la sustancia material del pan y el vino, ni en la piedad del ministro que la oficia. Su eficacia radica en el acto memorial ordenado por Cristo, obrando a través de la fe de cada creyente que se apropia de los méritos de la expiación.

El traer delante de Dios la memoria del sacrificio de Cristo a través de aquello que Cristo instituyó repitiendo sus palabras y promesas. Así aplica lo que es. Jesús dijo: "Esto es mi cuerpo", "esto es mi sangre". 


El perdón de pecados no es apenas una transacción mecánica o la inserción de la moneda correcta en una máquina que otorga perdón. 

Cuando el creyente peca y confiesa su pecado, recibe perdón por la fe en Jesucristo (1 Juan 1:9; 2:1-2), sin que la Cena constituya un requisito previo ineludible para dicha absolución. La Cena es, más bien, un medio por el cual Dios confirma, profundiza y acrecienta, de manera objetiva y real, la gracia que el creyente ya ha recibido.


La comunión del creyente con Dios es una relación viva y dinámica. El pecado contrista al Espíritu Santo (Efesios 4:30), y el Señor disciplina a quienes ama, llamándolos al celo y al arrepentimiento (Apocalipsis 3:19). Por tanto, no basta con una mera petición de perdón; el Señor demanda un acercamiento a Dios con manos limpias y corazón purificado (Santiago 4:8,9). La tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación (2 Corintios 7:10), trascendiendo el mero remordimiento para conducir al creyente a una comunión restaurada. 


La justificación del creyente es completa y no admite grados (Romanos 5:1; 8:1). En cambio, el caminar con Dios es una relación que avanza o se deteriora. Luego de que el cristiano pidió perdón a Dios, la participación de la Comunión constituye el avance de esa manifestación de bien hacia él como hijo de Dios. Los beneficios espirituales no están limitados exclusivamente a la Mesa, pero en ella se experimenta una profundización y un avance real y concreto de la gracia santificante, del mismo modo en que el pecado produce el deterioro de dicha relación.


106. SANTA MESA

“Para la debida participación de la Cena del Señor son estrictamente ordenados gran cuidado y auto-examen. Por eso es declarado el gran peligro de acercarse a esta Mesa indignamente. 

1 Corintios 11:27,28:

‘27 De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor.

28 Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa’.


Cuán provocador es a los ojos del Santo Dios, que los hombres se acerquen irreverentemente a sus ordenanzas, puede verse aquí. Muchos de los corintios fueron golpeados con enfermedad, debilidad, o muerte, porque profanaron la Mesa del Señor; lo cual, por cierto, es una evidencia de que Dios la reconoce como su ordenanza. 

Lo mismo leemos en el caso de Nadab y Abiú, quienes sufrieron la ira de Dios por no santificarle al acercarse a su servicio (Levítico 10:1). Así Moisés advirtió: ‘Esto es lo que habló Jehová, diciendo: En los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado’ (Levítico 10:3). 

Cuando los Betsemitas se entrometieron demasiado presuntuosamente con el arca de Dios, encontraron la triste consecuencia en la pérdida de muchos miles de hombres (1 Samuel 6:19,20) y clamaron: ‘¿Quién podrá estar delante de Jehová el Dios santo?. Así plagó a los filisteos a causa del Arca (1 Samuel 5-6), y a Belsasar, porque profanó los Vasos de la Casa del Señor (Daniel 5:23).

Los cristianos son instados por la consideración de la presencia de Dios en sus ordenanzas, a cuidarse del pecado, como aquello que no sólo hace su servicio inaceptable, sino que a menudo es la causa por la cual Dios retiene las bendiciones de ellos” (Thomas Grantham, “Christianismus Primitivus”. Pág. 348-350).


Si los sacrificios del Antiguo Pacto por la culpa, siendo un pacto inferior al nuevo (Hebreos 8:6), fueron llamados “cosa muy santa” (Levítico 7:1), y el participar en el comer esos sacrificios también fueron llamados así (Levítico 7:6), y la Pascua fue denominada “fiesta solemne” (Éxodo 12:14) y “santa convocación” (Éxodo 12:16); ¿cuánto más debería ser considerado de este modo el sacrificio del Señor mismo en la cruz, y la participación de la mesa del Señor?

Por esto es necesario confesar los pecados a Dios (1 Juan 1:8-10) y solucionando cualquier conflicto con otro hermano (1 Corintios 11:17-19; Mateo 5:21-26); no sea que, recibiendo indignamente la ordenanza, no solo no reciba ningún bien de ÉL, sino que así como el que participaba indignamente en la Pascua debía ser “cortado de Israel” (Éxodo 12:15-19), ahora alguien coma y beba juicio:

1 Corintios 11:29-32:

“29 Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí.

30 Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen.

31 Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados;

32 mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo”.


“A menos que los hombres que profesen y practiquen la forma y el orden de la doctrina de Cristo la adornen con una conducta santa y sabia, con toda piedad y honestidad, la profesión de la forma visible les será nula; porque sin santidad nadie verá al Señor (Hebreos 12:14; Isaías 1:11, 12, 15, 16)” (“Confesión Estándar” de 1660. XIV).


El sacrificio de Cristo hecho una vez para siempre no puede ser contaminado ni santificado, ya fue perfecto y recibido como tal por el Padre. Lo que debe ser hecho digna y devotamente es el Memorial de este sacrificio (1 Corintios 11:27).


Asociado al temor de Dios en la participación del cuerpo y sangre del Señor, se debe guardar el debido respeto hacia los elementos sacramentales. Un extremo de esto es lo que la iglesia Romana y la Ortodoxa hacen en la idolatría de los elementos. Ellos le rinden literalmente culto y adoración a la hostia que dan en lugar de pan. Al carecer de mandato divino, esta práctica constituye una superstición antibíblica.


El extremo opuesto es el menosprecio de todos los elementos en la Comunión, haciéndole perder todo su simbolismo y destruyendo todo valor como simbolismo.

El debido respeto hacia las señales visibles empleadas en la Comunión fomenta la reverencia que le debemos al Dios invisible con quien entramos en comunión.


Así también, debemos tener presente, que “es el alma hambrienta de justicia, la que tiene la promesa de ser saciada. Por lo tanto, el que viene a esta santa mesa sin un sentido de sus necesidades, es muy probable que se vaya sin refrigerio” (Thomas Grantham, “Christianismus Primitivus”. Pág. 351).





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