confesión de fe
14- GOBIERNO Y PROVIDENCIA DE DIVINA II
“Tratado sobre la Fe” bautista de 1865:
“Dios ejerce un cuidado providencial y una superintendencia sobre todas sus criaturas (Hechos 17:28; Mateo 10:30), y gobierna el mundo con sabiduría y misericordia, según el testimonio de su Palabra” (III).
75. LA PELIGROSA ENSEÑANZA DE LA VIRTUD DEL PECADO
Para salvaguardar la santidad de Dios y la responsabilidad humana frente a este asombroso gobierno providencial, confesamos que el mal, considerado en sí mismo, carece en absoluto de virtud intrínseca, poder santificador o capacidad redentora (Romanos 7:13; Efesios 5:11; Santiago 1:15). El bien que Dios pueda extraer de él no revela una virtud escondida en el mal, sino la infinita bondad, sabiduría y poder de Dios, capaz de vencerlo, limitarlo y encaminarlo providencialmente hacia sus santos propósitos.
Así rechazamos categóricamente la falsa y engañosa enseñanza de que el pecado, el descuido espiritual o la rebelión, posean en sí mismos alguna virtud pedagógica oculta, o que cometer el mal sea necesario para forjar el carácter del creyente. El pecado, por su propia naturaleza, produce corrupción, vergüenza y muerte (Romanos 6:23; Romanos 7:13; Santiago 1:15).
Asimismo, aclaramos que, aunque en este mundo caído Dios utiliza las aflicciones, las pruebas y los padecimientos para purificar nuestra fe (Santiago 1:2-4; Romanos 5:3,4), el dolor no posee ninguna virtud santificadora en sí mismo, ni era el método necesario en el diseño original y perfecto de Dios para nuestro crecimiento. El sufrimiento es una dolorosa consecuencia de la Caída que la Providencia soberana somete y utiliza como un horno de refinamiento, pero la virtud purificadora proviene exclusivamente de la gracia divina y la obra del Espíritu Santo, obrado en aquellos que responden a ÉL con fe (Romanos 5:3-5; Santiago 1:2-4; 1 Pedro 1:6,7; Hebreos 12:10,11). Y tratándose de la restauración tras pecados cometidos, es únicamente el poder redentor del Espíritu Santo el que obra sobre las ruinas que dejó la desobediencia (Salmo 51:10, 17).
Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, pero aquella gracia no procedió del pecado, sino de Dios (Romanos 5:20). El pecado nunca es medicina; Dios es quien sana el daño que el pecado produce. El mal nunca posee sabiduría para enseñarnos; Dios puede convertir aquello que padecemos en ocasión de enseñanza. El sufrimiento no contiene santidad; Dios puede santificarnos en medio del sufrimiento. La caída no contiene gracia; Dios hace sobreabundar su gracia donde abundó el pecado. El hecho de que Dios obtenga bien del mal revela la virtud de Dios, nunca una virtud del mal.
Así cuando, por ejemplo, el salmista declara: “Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos” (Salmo 119:71), no habla de un bien intrínseco en el mal, sino de un Dios que obró aún en aquello que lo hubiera destruido.
De la misma manera, Jesús frente a la mujer pecadora de Lucas 7, afirmó que al que se le perdona mucho, ama más que al que se le perdonó poco (Lucas 7:47). Pero:
I. esta no es una virtud del pecado, sino del perdón de Dios al pecador.
II. Jesús no estaba estableciendo un método para amar más a Dios. Esta mujer fue perdonada mucho, pero ahora, en su nueva vida, ya empezaba a mostrar el fruto de su arrepentimiento amando mucho (Lucas 7:47).
Afirmamos que la obediencia sostenida a la Voluntad revelada de Dios produce un carácter, una madurez y un peso de gloria infinitamente superior al que resulta de la mera restauración tras el fracaso moral (Salmo 1; 19:11; Juan 15:10,11; Santiago 1:22-25; 2 Pedro 1:5-8). Es un engaño de nuestra naturaleza caída presumir que la experiencia del mal nos dejará en una mejor posición espiritual porque Dios creará un beneficio posterior. Aquel que por la gracia es rescatado del desastre de su propia rebelión, atravesará un proceso de dolorosa disciplina para apenas recuperar, tras mucho sufrimiento, la comunión que perdió (Salmo 32:3-5; Hebreos 12:5-11; 2 Samuel 12:13,14); sacrificando en el proceso los inmensos galardones, el gozo y el avance espiritual que podría haber alcanzado a través de la simple obediencia (2 Juan 8). La Providencia restauradora de Dios es una red de salvación inmerecida para cuando caemos, pero jamás debe ser considerada un método de crecimiento espiritual.
Advertimos severamente contra el pecado de presunción (Salmo 19:13). Constituye una burla a la santidad de Dios el no esforzarse por huir del descuido y la tentación bajo la cínica premisa de que la Providencia divina finalmente encauzará el mal hacia un bien. Advertimos que, aunque la sangre de Cristo limpia la culpa eterna del creyente arrepentido, el Permiso soberano de Dios establece que el hombre cosechará las consecuencias temporales de lo que siembra (Gálatas 6:7). La rebelión a menudo deja tras de sí cicatrices irreparables, familias destruidas, pérdida de testimonio y años desperdiciados, cuyo terrible costo ninguna lección aprendida justifica (Proverbios 5:11-14; Proverbios 6:27-33).
Las Escrituras condenan severamente este engaño:
Romanos 3:8:
“¿Y por qué no decir (como se nos calumnia, y como algunos, cuya condenación es justa, afirman que nosotros decimos): Hagamos males para que vengan bienes?”.
Romanos 6:1,2:
“1 ¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?
2 En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?”.
Pecar deliberadamente presumiendo que la Providencia lo arreglará es tentar al Señor, menospreciar su Palabra y santidad, y lanzarse a las garras del pecado sin la ayuda de Dios.
Mateo 4:5-7:
“5 Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo,
6 y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está:
A sus ángeles mandará acerca de ti,
y,
En sus manos te sostendrán,
Para que no tropieces con tu pie en piedra.
7 Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios”.
El diablo invitó a Jesús a abusar de la Providencia del Padre. Satanás le cita el Salmo 91 y le propone, en esencia: "Lánzate al vacío; actúa temeraria e injustificadamente y confía en que la Providencia de Dios intervendrá para impedir las consecuencias".
La respuesta de Jesús, citando Deuteronomio 6:16 ("No tentarás al Señor tu Dios"), es también la respuesta que debe darse a quien camina descuidadamente en la desobediencia, presumiendo que la gracia lo sostiene.
Hebreos 3:12,13:
“12 Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo;
13 antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado”.
Dios advierte del mal que produce el pecado porque es cierto. Quien desobedece de forma calculada con la intención de recurrir posteriormente a la gracia, está cauterizando su conciencia.
Si un cónyuge razonara: "Voy a cometer adulterio deliberadamente porque sé que, tras el dolor, cuando reciba el perdón, lloraremos juntos, valoraré su misericordia y amaré más mi matrimonio", identificaríamos inmediatamente ese pensamiento como perverso. Semejante lógica no busca cultivar el amor, sino justificar el egoísmo. Exige que el ofendido (en nuestro caso, Cristo) soporte el costo y la humillación de la traición, solo para que el ofensor pueda experimentar un "pico" de emotividad al ser restaurado. Eso no es amor bíblico; es narcisismo espiritual. Jesucristo definió el amor de una manera radicalmente distinta y desprovista de sentimentalismo.
Juan 14:15:
“Si me amáis, guardad mis mandamientos”.
Por lo tanto, el que sigue en desobediencia, lejos de estar profundizando en el amor de Dios, demuestra claramente que no ama a Jesús.
76. LA NECESIDAD DE SER DÓCILES A LA PROVIDENCIA DE DIOS
“Que su Voluntad sea hecha, y no la nuestra, sino que en todas las cosas seamos sujetos a ÉL, rindiéndonos a la divina Providencia, sin preocuparnos demasiado por cómo Dios dispondrá de las circunstancias” (”Christianismus Primitivus” de 1678 - Thomas Grantham. Libro I. Sección XIV).
“La paciencia bajo su mano aflictiva, la sumisión a su Voluntad y la humilde conformidad con todas las dispensaciones de su Providencia son nuestro deber constante e indispensable” (“Fundamentos de la Religión” de 1775. I.2).
(Job 1:21; 2:10; Santiago 1:2-4; 1 Pedro 4:19).
“Su sabiduría se manifiesta en todas las obras de la naturaleza y se emplea en todas las dispensaciones de la Providencia. Y aunque en muchos casos sus caminos son desconocidos, para nosotros criaturas de vista corta, sin duda se verá al final que la sabiduría que no yerra y el juicio infalible determinaron todos sus procedimientos y dirigieron todos sus caminos hacia los fines más gloriosos, para manifestar su propia gloria y promover el bien de todas sus criaturas de la manera más conforme con sus perfecciones infinitas” (“Fundamentos de la Religión” de 1775. I.6).
(Salmo 104:24; Romanos 11:33-36).
El cristiano necesita reconocer su pasado, vivir su presente y esperar su futuro, imitando la mansedumbre de Jesús.
Mateo 11:29:
“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”.
Jesús estaba rendido en mansedumbre y humildad a todas las circunstancias que la Providencia del Padre le presentaba. ¡Este es el gran “descanso del alma” del cristiano!
Así la noche antes de ir a la Cruz, oró 3 veces a su Padre:
Mateo 26:39:
“Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú”.
La providencia de Dios reúne a personas en momentos y circunstancias específicas, que desenlazan acontecimientos que a veces nos disgustan. Así, por una mala comprensión de los caminos de Dios, en gran parte de la vida nos cuesta ver que nada de lo que sucede está fuera de su gobierno.
Pero, “si eres verdadero creyente, la Palabra infalible te asegura que ‘todas las cosas’, incluso todas las dispensaciones aflictivas de la Providencia, ‘obran juntamente para tu bien’ (Romanos 8:28; ver también 2 Corintios 4:17,18; 1 Pedro 1:6,7)” (“Fundamentos de la Religión” de 1775. XII.6).
Es necesario renunciar a lo que cada uno quisiera vivir, para vivir en fe aquello que Dios preparó para bienes mayores.
Proverbios 3:5:
"Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia".
“Después nuestros ojos lo verán con placer inconcebible; y seremos llenos de santo y eterno deleite al recordar de qué manera todas las circunstancias aflictivas, mediante la Providencia soberana de Dios, fueron hechas instrumentos para promover nuestros mejores intereses (1 Corintios 13:12; Apocalipsis 15:3).
En el cielo los santos serán elevados al disfrute pleno y completo de todo bien (Apocalipsis 21:3,4; Apocalipsis 22:3-5). Cuando veamos todas las manifestaciones del cuidado de nuestro Padre celestial para con nosotros y todo el amor que nos mostró; cómo todas las dispensaciones de su Providencia resultaron para nuestro bien, y cada circunstancia concurrente, bajo su ojo que todo lo ve y su mano que todo lo gobierna, contribuyó a nuestro mejor interés; y cuando todos miremos hacia delante y consideremos que ahora estamos establecidos en un estado de seguridad y felicidad duraderas, inalterables, interminables, y que debemos emplear edades innumerables en todos los deleites de que el alma es capaz de disfrutar; ¡cómo aumentarán todas estas reflexiones la melodía y animarán los cánticos de nuestros espíritus completamente felices!” (“Fundamentos de la Religión” de 1775. XIV.II.2).
Así, cuando lleguemos delante del Señor, y miremos cómo Dios dirigió los acontecimientos de la Tierra para cumplir sus propósitos, nos llenaremos de gozo por su gobierno.
Apocalipsis 19:5,6:
“5 Y salió del trono una voz que decía: Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, y los que le teméis, así pequeños como grandes.
6 Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!”.
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