confesión de fe
4- CRISTO
Confesión Estándar Bautista de 1660:
“III. Creemos… que hay un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas, quien es el Hijo unigénito de Dios, nacido de la virgen María; sin embargo, tan verdaderamente Señor de David, y raíz de David, como Hijo de David y descendencia de David (Lucas 20:44; Apocalipsis 22:16). A quien Dios envió libremente al mundo (por su gran amor al mundo), quien también libremente se entregó en rescate por todos (1 Timoteo 2:5,6).
Experimentando la muerte por todos (Hebreos 2:9), una propiciación por nuestros pecados; y no solo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo (1 Juan 2:2)”.
19. “HAY UN SOLO SEÑOR JESUCRISTO”
Confesamos con la Confesión Estándar que “hay un solo Señor Jesucristo”.
Jesucristo no constituye un elemento secundario de la fe cristiana, ni solamente uno de los medios mediante los cuales el ser humano puede acercarse a Dios. ÉL ocupa el centro del propósito salvador de Dios.
Desde la entrada del pecado y de la muerte en el mundo, Dios anunció que la victoria sobre la rebelión humana vendría mediante la simiente de la mujer:
Génesis 3:15:
“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”.
Esta promesa encuentra su cumplimiento en Jesucristo.
Aquello que Dios comenzó a anunciar desde Génesis 3:15 y continuó revelando progresivamente por medio de los profetas alcanza su cumplimiento en el Hijo.
Por esta razón, Jesús afirmó acerca de las Escrituras:
Juan 5:39:
“Ellas son las que dan testimonio de mí”.
Y también:
Lucas 18:31:
“Se cumplirán todas las cosas escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre”.
Jesús describió su propia misión como:
Juan 5:36:
“Las obras que el Padre me dio para que cumpliese”.
Por tanto, confesamos que Jesucristo es Aquel por medio de quien el Padre lleva adelante su propósito de salvación.
No existe evangelio cristiano separado de Jesucristo.
No basta una creencia general en Dios, porque el Dios verdadero se ha dado a conocer y ha realizado su obra salvadora por medio de su Hijo.
Jesús es el Señor prometido, enviado por Dios, y solamente en ÉL se encuentra la salvación que Dios ha provisto para el ser humano.
20. “POR QUIEN SON TODAS LAS COSAS”
Jesucristo no comenzó su existencia en Belén.
Aquel que nació como “verdaderamente hombre existía antes de su nacimiento en la Tierra y posee una naturaleza propiamente Divina” (“Fundamentos de la Religión” de 1775. VIII.Sección 2).
Juan 1:1 declara:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”.
El Hijo, quien “posee todas las perfecciones Divinas” (“Tratado sobre la Fe” bautista de 1834. III), estaba con el Padre antes de su encarnación y “en ÉL fueron creadas todas las cosas” (Colosenses 1:16).
Por tanto, cuando la Confesión Estándar declara que hay “un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas”, reconocemos en Jesucristo mucho más que a un profeta, maestro o ser humano excepcional.
Aquel que vino para salvar a la Creación es también Aquel por medio de quien la Creación existe. ÉL es “Salvador (Juan 4:42), Jehová (Isaías 40:3. Comparar con Lucas 3:4), Señor de los Ejércitos (Isaías 8:13,14. Comparar con 1 Pedro 2:4-6), el Primero y el Último (Isaías 44:6. Comparar con Apocalipsis 22:13), Dios (1 Timoteo 3:16; Juan 20:28,29), Gran Dios (Tito 2:13), Dios sobre todos (Romanos 9:5), Dios Fuerte y Padre eterno (Isaías 9:6)” (“Tratado sobre la Fe” bautista de 1834. III. Sección I. 1).
La salvación cristiana tiene así su origen en Dios mismo. El Creador no envió simplemente a una criatura para rescatar a otras criaturas: Dios actuó para nuestra salvación por medio de su propio Hijo.
21. “QUIEN ES EL HIJO UNIGÉNITO DE DIOS”
Jesucristo es el Hijo unigénito de Dios.
Su relación con el Padre es única.
ÉL no es simplemente hijo de Dios en el mismo sentido en que pueden ser llamados hijos de Dios los seres humanos que creen en ÉL (Juan 20:7). Jesucristo es el Hijo que estaba con el Padre antes de venir al mundo y que comparte su gloria (Juan 8:58; 17:5; Filipenses 2:6,7).
En ÉL se cumple aquello anunciado por Dios acerca del Rey prometido:
Salmo 2:7:
“Mi Hijo eres tú”.
Por esta razón, la fe cristiana confiesa al Padre y al Hijo inseparablemente.
Jesús declaró:
Juan 14:9:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”.
Y añadió:
Juan 14:10:
“Yo soy en el Padre, y el Padre en mí”.
Por tanto, no es posible honrar verdaderamente a Dios rechazando al Hijo enviado por ÉL. Juan 5:23: “El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió”.
El Cristianismo no consiste simplemente en creer en Dios.
Consiste en creer en el Dios que envió a su Hijo y recibir la salvación que ÉL ha realizado por medio de Jesucristo.
22. “NACIDO DE LA VIRGEN MARÍA”
Ese “solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas, quien es el Hijo unigénito de Dios”, descendió entre nosotros. El Hijo eterno entró verdaderamente en nuestra humanidad.
Y no apareció simplemente con aspecto humano ni tomó una humanidad aparente. “Descendió a un estado de humillación al unirse con la naturaleza humana, o un cuerpo como el nuestro, exceptuando la contaminación y el pecado” (“Tratado sobre la Fe” bautista de 1834. III. Sección II) y fue concebido milagrosamente en el vientre de María, siendo ella virgen (Lucas 1:26-38).
Así se cumplió aquello anunciado desde Génesis:
“La simiente de la mujer”.
Y aquello profetizado posteriormente:
Isaías 7:14:
“He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo”.
Confesamos que en Jesucristo:
“Dios fue manifestado en carne” (1 Timoteo 3:16).
El Hijo de Dios, sin dejar de ser quien era, asumió verdadera naturaleza humana.
Filipenses 2:6-8 enseña que, siendo en forma de Dios, se humilló a sí mismo, tomó forma de siervo y se hizo semejante a los hombres.
De esta manera, Aquel que debía vencer la rebelión humana vino verdaderamente como hombre.
El ser humano había fracasado en obedecer a Dios; Jesucristo vino como el hombre perfecto y permaneció plenamente obediente al Padre.
Fue:
“Tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15).
Y:
“No conoció pecado” (2 Corintios 5:21).
23. “SEÑOR DE DAVID Y RAÍZ DE DAVID”
La Confesión Estándar confiesa que Jesucristo es simultáneamente:
Señor de David;
raíz de David;
Hijo de David;
y descendencia de David.
Confesamos esta misma verdad.
Según su humanidad, Jesús nació de la descendencia de David, conforme a las promesas de Dios.
Dios había anunciado que el Rey mediante el cual establecería su reino procedería de David.
Pero las Escrituras revelaron al mismo tiempo que este descendiente de David sería superior a David.
Jesús mismo señaló esta verdad al preguntarle a la gente:
“¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor?” (Lucas 20:44).
Y Jesucristo declara en Apocalipsis:
“Yo soy la raíz y el linaje de David”
(Apocalipsis 22:16).
Aquel que es descendiente de David según su humanidad es también el Señor de David. Es “linaje de David” porque verdaderamente nació de su descendencia.
Y es “raíz de David” porque su existencia y su grandeza preceden y superan a David (Romanos 1:3,4).
Esta verdad reúne nuevamente aquello que confesamos acerca de Jesucristo: verdadero hombre y, al mismo tiempo, el Hijo divino, Señor de todos, enviado por el Padre.
En ÉL convergen las promesas dadas por Dios a Israel acerca del Rey que habría de venir.
24. “A QUIEN DIOS ENVIÓ LIBREMENTE AL MUNDO (POR SU GRAN AMOR)”
Su venida al mundo no fue producto de la iniciativa humana.
La humanidad no buscó a Dios hasta producir un Salvador.
Dios tomó la iniciativa.
El ser humano se encontraba en rebelión, sometido al pecado y a la muerte, e incapaz de producir por sí mismo su propia salvación.
Pero Dios envió a su Hijo. Y su venida tiene su origen en su “gran amor”.
La salvación no comienza con el amor del ser humano hacia Dios, sino con el amor de Dios hacia seres humanos que se habían rebelado contra ÉL.
Por esta razón, la Cruz no debe interpretarse como si el Hijo hubiera tenido que persuadir a un Padre renuente a perdonar.
El Padre mismo envió al Hijo.
El amor del Padre y el amor del Hijo actúan juntos en la obra de nuestra salvación.
25. “QUIEN TAMBIÉN LIBREMENTE SE ENTREGÓ EN RESCATE POR TODOS”
Jesucristo no fue simplemente una víctima involuntaria de los acontecimientos que condujeron a su crucifixión.
Fue rechazado, traicionado y crucificado por manos de hombres malvados; sin embargo, en medio de aquellos acontecimientos, ÉL estaba entregando voluntariamente su propia vida para cumplir la voluntad del Padre.
Filipenses 2:8 declara:
“Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.
Y Juan 13:1 nos dice justo antes de su muerte en la Cruz:
“… como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”.
Por ello, la Cruz debe ser entendida no solamente como aquello que los hombres hicieron contra Jesús, sino también como aquello que Jesús voluntariamente hizo por nosotros.
Y esto “en rescate por todos”. 1 Timoteo 2:5,6 afirma: “Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos”.
Jesús murió por todos, “de modo que ningún hombre sufrirá eternamente en el infierno (es decir, la segunda muerte) por falta de un Cristo que murió por él, sino, como dice la Escritura, por negar al Señor que lo rescató (2 Pedro 2:1), o porque no creen en el nombre del unigénito Hijo de Dios (Juan 3:18)” (Confesión Estándar Bautista de 1660. IV).
La provisión salvadora de Dios en Jesucristo se dirige verdaderamente a toda la humanidad.
26. “EXPERIMENTANDO LA MUERTE POR TODOS”
Esto es lo que afirma Hebreos 2:9:
“Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos”.
Jesucristo verdaderamente murió y su muerte fue en favor de todos.
Por tanto, cuando anunciamos el evangelio a cualquier ser humano podemos afirmar con verdad que Cristo murió por él.
La invitación del evangelio puede ser dirigida sinceramente a todos porque la muerte de Cristo fue verdaderamente provista para todos.
No existe persona alguna a quien debamos anunciar que Cristo quizá no haya muerto por ella.
Hechos 4:12:
“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.
1 Timoteo 2:5:
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”.
27. “RESUCITÓ Y ASCENDIÓ AL CIELO”
“Cristo estuvo muerto, pero resucitó de entre los muertos” (Confesión Estándar Bautista de 1660. XX). “Nuestro Señor no solamente murió por nuestros pecados, sino que resucitó y ascendió al cielo (Efesios 4:8)” (“Tratado sobre la Fe” bautista de 1834. V.2).
“Fue crucificado, murió y fue sepultado, o permaneció en el estado de los muertos, aunque no vio corrupción (Hechos 13:28-34); y al tercer día resucitó de los muertos (Lucas 24:7), con el mismo cuerpo en el cual había sufrido (Juan 20:25,27). Con ese cuerpo también ascendió, y allí está sentado a la diestra de su Padre, haciendo intercesión por sus santos (Hechos 1:9-11; Marcos 16:19; Romanos 8:34); y regresará para juzgar a hombres y ángeles al fin del mundo (Mateo 25:31,32,41)” (”Credo Ortodoxo” de 1679. XVII).
CONCLUSIÓN
“La salvación, regeneración, santificación, justificación y redención son por la vida, muerte, resurrección, ascensión e intercesión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (”Artículos de Fe” de 1824. IV).
Jesucristo es absolutamente indispensable y central para la salvación de Dios.
No existe evangelio sin Jesucristo.
No existe rescate sin Jesucristo.
No existe propiciación sin Jesucristo.
No existe perdón fuera de Jesucristo.
Y no existe otro Señor mediante quien el ser humano pueda ser reconciliado con Dios.
Jesucristo no es simplemente una parte del mensaje cristiano.
JESUCRISTO ES EL HIJO DE DIOS, EL SEÑOR Y EL ÚNICO SALVADOR QUE DIOS HA DADO AL MUNDO.
Por eso Ignacio de Antioquía, alrededor del año 110 d.C., escribió: “Tápense los oídos cuando alguien venga a hablarles fuera de Jesucristo… Fuera de Jesucristo no tenemos el verdadero vivir” (Carta a los tralianos, IX, 1,2).
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